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El trabajo dignifica, pero, ¿quién se acuerda del trabajo digno?

El trabajo dignifica, pero, ¿quién se acuerda del trabajo digno?

 

 

 

Cuando cumplí 15 años y se me otorgó el regalo del "derecho al trabajo", me faltó tiempo para buscarme una ocupación veraniega.

Imaginaos una tierna e inocente quinceañera (aunque no lo parezca, yo fui todo eso una vez) trabajando en un hospital psiquiátrico. Había gente que decía que era una tapadera, que en realidad yo estaba en un tratamiento psiquiátrico, pero la verdad es que lo hubiera necesitado cuando salí de allí. ¡Menudo trauma!

Allí, nada más llegar, me entregaron un horrible uniforme blanco, unos zuecos de mi talla, y un manojo de llaves. En aquel momento se nos explicó la regla universal de aquel centro: cada vez que cruzásemos una puerta, ya fuese entrando o saliendo, deberíamos cerrar con llave. Os podréis imaginar mi careto del momento, pensando que iba a estar tres meses encerrada con psicópatas, violadores y suicidas de todo tipo.  Y también os podéis imaginar cómo me reí cuando vi a Nicole Kidman decirle al ama de llaves exactamente lo mismo en Los Otros.

Desde luego que mi mente, ahora que empiezo a tontear con los treinta, no vería las cosas como las veía con 15 años, pero no os exagero si no os digo que fue una de las peores épocas de mi vida. Había gente de todo tipo allí. El centro estaba regido por monjas, ¡con la Iglesia hemos topao! El ambiente era muy extraño, yo lo pasaba fatal, y aparte de lidiar con los internos había un duro trabajo por hacer, pero como el trabajo dignifica, se hace lo que haga falta.

Había una parejita que iba comiéndose los morros por todo el centro, con el consiguiente escándalo por parte de las monjitas. Él, loco de remate, iba a todas partes con un bote de colacao. Ella, peor que él aún, tenía una afición un tanto extraña: subirse la camiseta y encender y apagar las luces de todas partes apretando el interruptor con los pechos. Ahora imaginaos la escenita: ella se ponía a jugar a su juego favorito y, cuando él la veía y, sin soltar el dichoso bote de colacao, se le abalanzaba y empezaba a toquitearla y a gritarle "mi amor, mi amor". Entonces es cuando los demás locos se alteraban, yo me apartaba como podía, y las monjas llegaban, nombrando a Dios Todopoderoso que permitía un semifornicio en público. Ahora que soy pseudo-adulta, me río a carcajadas de aquello. Con quince años, aquello me aterraba. Aquel espectáculo erótico-grotesco me causaba pesadillas.  Pero el trabajo dignifica, así que cogí mi escoba y mi pala y seguí aprendiendo lo que buenamente pude.

Cuando, tres meses, muchas lágrimas, muchos disgustos y alguna que otra carcajada después, mi contrato finalizó, me vi liberada. En septiembre volví a mis estudios, con muchas anécdotas a mis espaldas. A veces, cuando la pesadilla del psiquiátrico volvía a mi mente, le echaba un vistazo a mi cuenta bancaria, con unos cuantos miles de pesetas más (ay, las pesetas, qué tiempos aquellos), y me repetía a mí misma que el trabajo dignifica, y yo ya era un poquito más digna que cuatro meses antes.

Aquel fue el primero de muchos veranos relativamente perdidos. Después de ese, se sucedieron otros, no tan traumáticos, pero sí cansados y desesperanzadores, en parte. Un albergue con una gerente pija y estúpida que no tenía ni idea de cómo llevar el centro, un montón de niños pijos de campamento, la barra de un bar llena de borrachos, clases particulares a adolescentes bobos con la sesera de hormigón armado, y más ejemplos de que el trabajo, en el fondo, no dignifica tanto como dicen.

Seguía con mis estudios, hasta que llegaron las vacas flacas con un cartelito de “Deja de estudiar y ponte a currar en serio, nena”, y les hice caso. Me metí en una instaladora de gas, con un jefe explotador, dos compañeras trepas y un montón de clientes sin educación. ¡Pero cómo dignifica el trabajo, señora!

Fue en aquel entonces cuando descubrí que, si el gas estaba caro, era por mi culpa. De la noche a la mañana, los clientes me nombraron “la que le pone el precio al gas”. ¡Y yo pagando las facturas, tonta de mí! Llegué a pensar que, en vez de un trabajo, aquello era un estudio sociológico a gran escala. Ahora bien, no le doy una demasiado buena puntuación a la población en general. Por poner unos ejemplos: una señora que menta y se caga en mi madre y todos mis ancestros; un octogenario con dificultades para caminar que le lanza una silla a mi compañera (lástima no haber llevado la criptonita ese día); un tipo recién salido de la cueva que amenaza con traer un bidón de gasolina y darle fuego al local conmigo dentro; una ancianita entrañablemente paranoica que me dice que su muerte pesará sobre mí si, como ella afirma, la vecina le mete el tubo del gas en la cocina para envenenarla… Y yo ahí, dignificándome, oiga…

Dos años, tres muñecos de vudú para mi jefe, un par de reclamaciones oficiales, cuarenta amenazas y algunos disgustos después, por fin decidí marcharme. Me ayudaron a decidirme las jornadas diarias de doce horas sin ningún tipo de remuneración extra, los marrones ajenos que me comí con patatas y pimientos del piquillo, las trepas dichosas, y las dos semanas de vacaciones que había “disfrutado”, colgada del teléfono con mi jefe, en todo ese tiempo. Y así de digna, porque el trabajo dignifica, me puse a echar currículums.

Un señor muy simpático de Bilbao apareció en escena, ofreciéndome un trabajo maravilloso en una academia de idiomas. Buen ambiente, buen sueldo (mejor que el que cobraba por aquel entonces, desde luego), trabajo creativo y posibilidad de estudiar inglés es lo que me “regalan” si acepto el empleo.

¡Así sí que dignifica el trabajo! Ahora me doy de cuenta de que, en realidad, lo que hice fue huir de la instaladora de gas como alma que lleva el diablo. Porque el ambiente tan bueno no incluía un compañero que pierde el culo por toquetear todo lo que lleve faldas (simbólicamente hablando, claro), porque el sueldo no es tan bueno cuando te das cuenta de que te están reteniendo un 2% (y luego Hacienda, que somos todos, viene a reclamar lo que te están pagando de más), porque el trabajo creativo implica que una sola persona cubra tres puestos de trabajo, y porque estudiar lo que se dice estudiar, apenas te dejan. Y más cosas que no digo. Y, vale, el trabajo dignifica, pero yo, por si acaso, me voy a poner a echar currículums otra vez.

De hecho, llevo buscando otro trabajo desde julio. Otro día os contaré cómo veo yo esto de buscar un buen trabajo, hoy en día, en este país tan… en este país. Un trabajo que dignifique, sí señor, pero no tanto como estos porque yo creo que no estoy hecha para ser tan digna.

Dedico este post a todos los currichungos dignos que, como yo, viven cada día como si fuese una odisea, llena de aventuras y desventuras. ¡Suerte y dignidad, pero dignidad de la buena, compañeros!

Gracias a Forges por plasmar nuestra realidad en esta viñeta.

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3 comentarios

terremoto-61.blogia.com -

Maemìaaaaaaaaaaa, pero què digna es mi niña pondiossssssss!jijiji.

Què te voy a decir yo que no sepas tù, cuatro curros para poder medio llegar a fìn de mes, porque no encuentro uno digno de 8 horas que me dè para vivir sin agobios.

En fìn mi niña, que mucha suerte y que ya ves còmo estàs triunfando...... jejeje

Besitos con chispa.... ;)
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atxu -

Completamente de acuerdo contigo, pero como dice lorelai, es lo que nos da de comer...
No hay mas cojones que agarrarse a lo que se pueda, que hoy en dia, las cosas no son nada faciles.
Muchisima suerte en esa busqueda, que pronto tendra un fin, estoy segura que encontraras algo que te llene.
Y como dice lorelai, manda esto a una editorial, que ya veras como triunfas! me encanta como escribes, lo sabes!
Un besazo enorme!

lorelai -

pues no se si el trabajo dignifica, de momento es lo q nos da de comer, mas o menos...
a ver si hay suerte en la busqueda de curro, y si no yo voto pq mandes estas cosas a laguna editorial q fijo q las publican

musus
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